Andrea Antolínez

Andrea Antolínez

Viviendo un día a la vez, con amor y esperanza.

Soy Luz Andrea Antolínez Pinzón y Dios ha hecho de mí, un instrumento de salud para las mujeres, soy hija, hermana, madre soltera, tía, amiga, abogada y sobreviviente al cáncer de mama. Lo último es quizás la mayor escuela que he tenido, tal vez porque me hizo cuestionar todas mis otras categorías de existencia. Pero ese no es aún el tema, de eso les hablaré más adelante, pues hablar del cáncer es en realidad hablar de la gran familia de la que formé, y que ya tendré ocasión de presentarles. Por ahora, volvamos al principio. 

Nací el 20 de junio de 1980, en Cúcuta, Norte de Santander. Soy la menor de un hogar de cuatro personas: mi hermano, mamá, papá y yo. Crecí rodeada por el amor de mis padres, un matrimonio sólido, con valores fuertemente inculcados. Fui una niña feliz, en mi infancia, me divertí mucho y conocí el valor de la familia. Mis padres me enseñaron que las luchas en casa se daban entre todos, el ejemplo de mi madre, a quien siempre vi trabajando todo el tiempo, hizo que hoy en día yo haya heredado esa tenacidad con la cual sacó adelante mis proyectos, ella me enseñó a ser una mujer fuerte y dedicada a todas las personas que necesiten de mí; mi hermano y yo recibimos educación y mucho amor, estábamos lejos de los lujos, pero teníamos todo lo necesario para salir adelante. 

Los valores que aprendí de niña en casa fueron reforzados en mi adolescencia, de la mano de las hermanas que orientaban la educación de las niñas en el colegio en el que tuve la fortuna de estudiar. La institución educativa en la que me formé en la adolescencia fue el Colegio Cardenal Sancha, allí me orientaron a vivir al servicio de la comunidad, principio bajo el cual continúo viviendo, día a día trabajo por defender los derechos de mujeres diagnosticadas con cáncer de mama en la región. Hoy en día, a mis 42 años, me acompañan en el camino del servicio mis compañeras, mis padres y mis hijos: Valentina, de 19 años, y Jhosep, de 13 años; a ellos, a mis hijos, a ese amor que por ellos siento (los amo), les debo ser la mujer inquebrantable que soy, ellos alentaron mi lucha cuando más los necesité.

Cursando séptimo semestre de psicología en Bogotá, recibí la noticia de que estaba embarazada. No lo esperaba, pero llegó. Tenía 23 años, estaba joven y llena de miedos, pensé de todo, me pasaron mil cosas por la cabeza, cosas que me llevaron a imaginar los escenarios más turbios, pero eventualmente el camino se aclaró y maduré. Fui madre y padre para mi hija, Valentina llegó a mi vida, es mi primer amor verdadero, ella convertida en un regalo del cielo, los tiempos de Dios son perfectos. Durante los primeros dos años de mi niña, mis papás fueron mi apoyo, ellos cubrieron los gastos mientras yo me dedicaba a la crianza y el cuidado de la bebé. Al cabo de esos dos años, llegó el momento de comenzar de nuevo, y ahora, luchar no sólo por mí sino también por ella, sobre todo por ella. Entonces, empecé a trabajar mientras Valentina, con dos añitos, iba al jardín. Estuvimos juntas algunos años, luego se unió mi segundo regalo de Dios: Jhosep David. 

Andrea Antolinez

Con mis dos hijos de la mano, tomé la decisión de volver a estudiar. Tenía 29 cuando empecé a estudiar Derecho, ellos fueron mi motivación para dar el paso: debía demostrarme a mí misma que las mujeres estamos hechas para todo, que podemos ser mamás, trabajar y estudiar al mismo tiempo, y además quería que mis hijos vieran a su mamá profesional. Durante el día, trabajaba en horario de oficina, y los fines de semana estudiaba en la Universidad de Santander, lugar en el que me preparaba para enfrentar al mundo con la mejor arma de todas: La Ley. Tenía 35 años el día que obtuve mi título de abogada con un promedio alto, méritos y honores cum laude. Valió la pena. Amo mi carrera, con ella puedo ayudar a mucha gente, compartir los valores inculcados por mi madre y las hermanas de la caridad del Cardenal Sancha, basados en el servicio y la solidaridad con quien más lo necesite. Hoy en día, vivo con mis padres y mi hijo, mi niña va a la universidad en Bogotá, somos una familia unida. Mis hijos han sido criados en el amor al prójimo; en casa han aprendido que en esta vida estamos de paso, que mientras se pueda hay que dejar huella viviendo un día a la vez y que seremos recordados no por nuestros lujos, sino por nuestros actos de amor por la humanidad. 

Ya les había dicho que he aprendido muchas cosas en la vida, y que mi mayor escuela fue el cáncer. Pero no siempre lo vi así. Les he hablado de la familia en la que nací, pero también prometí contarles sobre la familia a la que pertenezco, la familia que construí, la familia Dimensión Rosa.

A los 39 años, después de realizarme el autoexamen, encontré en mi seno izquierdo un bulto pequeño, inexistente un mes atrás. Era fin de año, mi hija terminaba su bachillerato, venía la esperadísima fiesta de grado y le seguían las celebraciones de Navidad, así que decidí aplazar el control del bulto para el siguiente año. En febrero del 2020, conocí a un sujeto indeseado y muy mal presentado: Carcinoma ductal infiltrante grado 1 HER 2 positivo; para todos conocido mejor como “cáncer de mama”. Yo no tenía ni la menor idea que eso llevara tantos nombres ni apellidos, y sí, ¡vaya sorpresa! En un segundo mi mundo se volvió negro, tenebroso; pensé en el viejo adagio: “trágame tierra”, y quise que fuera verdad, sentí como si una bola de nieve cayera dentro de mí. La verdad, no sabía cómo iba a enfrentarlo, pero se convirtió en un gran maestro. 

Asimilar esta noticia no fue nada fácil. Escuchar la palabra “cáncer” es pensar de inmediato en la muerte. En mi familia no habíamos pasado nunca por un diagnóstico de estos, ni teníamos familiaridad con esa palabra. Mi mamá me acompañó el día que recibí la noticia, ella sin dudarlo, me dio su fuerza, me abrazó y me dijo que Dios estaba conmigo. Recuerdo que salimos del consultorio, la dejé en su apartamento y fui a recoger a mi hijo al colegio. Por el camino, mientras conducía, pensé muchas cosas duras, como, por ejemplo, acabar de una vez con ese sufrimiento. Sentía que el mundo en ese momento me estaba consumiendo lentamente. Llegué al colegio Cardenal Sancha y me refugié en la capilla a llorar y a orar mucho. La hermana Sor Aurora como un ángel llegó en ese momento habló conmigo, me calmó, pero no fue nada fácil; saber que tienes cáncer es una certeza que te llena de una inmensa incertidumbre, te preguntas una y mil veces, ¿por qué a mí?... Empiezas a pensar tanto en la muerte, que sientes que es la única opción, ¿y mis hijos?, ¿y mis padres? ¿Qué pasará con ellos si no sobrevives? Me invadía la duda, la ira, la negación, la rabia. Llegué a culparme, me preguntaba, ¿qué hice mal?  

En fin, yo me autoflagelé pensando que a lo mejor era un castigo merecido, o era una prueba más. Y, en efecto, fue la prueba más dura que la vida me tenía, el destino no es incierto, cada día trae su afán. Fueron días de tristeza, pero después de escuchar tantas voces en mi cabeza, eventualmente empezaron a surgir cosas positivas. Debía sacar lo mejor de mí para enfrentar al maestro de una manera amena. Mi mastólogo, el Doctor Carlos Omar Figueredo, me vio con tanta angustia que decidió darme el teléfono de una paciente que un año atrás había pasado por el mismo proceso y me dijo que me apoyara en ella para poder sobrellevar la enfermedad; después de una semana de voces tormentosas, tomé la decisión de llamar a esa otra paciente que me había recomendado, esa voz de aliento y de calma empezó a sanar mi corazón. Conocí a Nadia Figueroa, mi querida amiga de causa; ella era la única que me escuchaba, le preguntaba hasta lo más mínimo, porque me enfrentaba a algo completamente desconocido para mí, algo que me llenaba de inseguridad. Ella me decía cosas muy lindas, positivas y llenas de fe, que me sirvieron para empezar a abrazar la enfermedad, a comprender que no debía ver esto como una tragedia, sino como una oportunidad de mejorar como mujer y ser humano. No es nada fácil reconocer a la muerte, sentirla a tu lado, pero no para entristecerte sino para saber que la vida es tan bella que te aferras a estar aquí. Después de un periodo de negación y asimilación, vino la aceptación, y transité del ¿por qué? al ¿para qué? Y sí, había llegado para cambiar mi vida, la vida misma me estaba dando un sacudón y una segunda oportunidad que debía aprovechar al máximo, como era debido. También  empezaron a llegar las palabras de aliento de mi madre, de mi padre y mi hermano (quienes desde niña me han protegido y cuidado tanto), y los más importante mis hijos, mi razón de ser, mi alegría, por ellos  tomé la decisión de darme esa segunda oportunidad en mi vida; mi cuñada, mi mejor amiga y mi familia y personas que nunca me imaginaba empezaron a escribirme por mis redes sociales apoyándome, nunca pensé que fuera tan importante para todos ellos, me decían: “¡Ánimo! Tú vas a salir de esa, eres fuerte, has pasado victoriosa por muchas cosas.

Marzo 28 del 2020. La vida me quería preparar para un nivel más alto de bendición y, por lo tanto, me llevó a atravesar la experiencia de mi cirugía salvadora, en el marco de un panorama nunca esperado, ni en el peor de nuestros sueños, la pandemia del COVID, encierro total, la tierra se silenció, el mundo parecía detenerse y todo esto hizo que fuera para mí aún más traumático, debido a que me tocaba sola en la clínica, pues, por protocolo de bioseguridad, nadie podía ir conmigo. ¡Gracia Divina! La cirugía fue todo un éxito, fue una gran alegría, poder llegar a mi casa sana y saber que mi familia me esperaba para iniciar la recuperación. 

En ese momento contaba con el acompañamiento de la Fundación SQ Salud Querida, de Bogotá, donde podía expresarme y preguntar por cada situación que pasara en el proceso; y justamente esa ayuda a la distancia fue la que me llevó a sentir la necesidad, de que en mi región existiera un grupo base de apoyo para las mujeres diagnosticadas con cáncer de mama.

En junio 2020 inicié mi ciclo de radioterapia.  Mi oncólogo me había remitido y era inevitable pasar por aquí. Estando en radioterapia, empecé a conocer mujeres que habían pasado por tratamientos como quimioterapia, la cirugía, mastectomía… En fin, muchas historias verdaderas y que debido a la pandemia de COVID, hacían que fuese mucho más difícil, por no decir que trágico, lo que a cada una de ellas y a mí me sucedía, nos llevó a tomar la decisión de crear el grupo de apoyo que increíblemente todas dijeron que sí y me convertí en esa voz de aliento, solo Dios sabe los sentimientos que se viven en ese momento y ese fue en punto de inicio de la FUNDACION DIMENSION ROSA.  Todas esas vivencias que escuchaba, nos motivó a tejer lazos de amistad para apoyarnos entre sí, para salvarnos y sanarnos las unas a las otras. Anhelaba tener las capacidades necesarias para poder orientarlas en los pasos a seguir, en la ruta oncológica. Quería abrazarlas para que sintieran que no estaban solas; sentía la necesidad de ayudar de manera integral la vulneración de derechos, la demora en las citas, las barreras del sistema, de las que ellas tanto hablaban cuando mencionaban todo lo que atravesaban en el día a día de su enfermedad. Sabía que desde mi profesión y mi vocación de servicio iba a ser más fácil ayudar; yo no quería que ninguna mujer pasara por lo que ya había pasado, la incertidumbre de no saber qué hacer, a quién acudir. 

Me proyectaba en construir un espacio en el que las mujeres que fueran diagnosticadas, pudieran atravesar esta lucha acompañadas y, en el proceso, pudieran llenarse de mucha fe, de fuerza interna y de amor propio. Esta era mi manera de contribuir a un mejor mundo. No podía evitar que otras mujeres fueran diagnosticadas, pero sí podía abrir las posibilidades para que el proceso fuera más llevadero, que al menos hubiese un lugar al cuál ir con las preguntas, un lugar en el cual ser escuchadas.

Después de ver tantas situaciones difíciles, comienzo a interesarme por conocer más del cáncer;  para saber quién era ese visitante que se había apoderado de mi cuerpo y me tenía con tantas y tantas dudas, lo llamé la universidad de la pandemia, pues en el encierro los médicos y las organizaciones vieron en la virtualidad una fuente de información poderosa, por lo tanto, empecé a buscar donde hacían reuniones virtuales, temas de interés del cáncer que me ayudaran a orientarme, comprendí de esta manera que la educación, era la mejor herramienta para tener propiedad del tema y ayudar a otras en ese proceso de “empoderamiento oncológico”.

Con este anhelo en mente, llegaron las piezas que le hacían falta a la realización de mi gran sueño: los contactos de algunas pacientes que ya habían pasado por el proceso para poder apoyarme en ellas, y como Dios lo hace todo tan perfecto comienzo a hablarles y tenía un gran reto, que me aceptaran y me siguieran en esta locura. He comprendido que el agradecimiento es la llave que abre las puertas de la bendición, por lo tanto, quiero en este momento expresar mi gratitud a estas mujeres que sumaron sus fuerzas para hacer todo esto posible: Nadia Figueroa, fisioterapeuta con quien compartí mi primera experiencia al enfrentarme a esa noticia; Elizabeth Camaño, jefe de enfermería, sabía que gracias a su amplia experiencia sería nuestro polo a tierra en este nuevo camino; Ana Lucia Hernández y Amira Acosta, administradoras, quienes habían trabajado por muchos años en grandes empresas, tenían muy claro el concepto de organización y ejecución de actividades y nuestra Julieth Castro, una mujer con un corazón noble y bueno, esta fue la materia prima, las raíces del árbol de mi nueva vida, una segunda oportunidad para sanar, pero mejor que eso, para sanar junto a más mujeres, crecer juntas, en medio de un grupo maravilloso que sólo Dios hizo posible, es como el mejor juego de ajedrez cada pieza encajó de una manera maravillosa, cada pieza estaba lista para iniciar este hermoso proyecto, en el cual nos apoyamos entre nosotras. En ese grupo compartimos nuestras historias de vida, como nos había cambiado la vida en hábitos y de la manera como amábamos cada día que pasaba, fueron muchas historias que en ese momento me empiezan a enriquecer, a empoderarme y a nutrirme de una manera tan bonita, que sentía que el proceso era mejor y más llevadero de la mano de alguien que comprende tu miedo o tu dolor porque ya lo sintió, o ya lo superó. 


Dentro de las cosas que te cuentan hay historias que te marcan y te impulsan a continuar con ganas de seguir trabajando, de seguir ayudando a cada mujer que llega a mi vida, y quizás sacarla de esa tristeza para darle un abrazo o una mano amiga que la escucha, el grupo de apoyo sigue creciendo, y viendo tantas necesidades de la comunidad, de las mujeres migrantes, de la zona rural.  Empezamos a enfrentarnos a una dura realidad no sólo era el cáncer quien golpeaba la vida de esta mujer migrante , sino también la difícil situación política que obliga a muchas mujeres a partir de su tierra natal para huir del hambre y la injusticia social, quienes desafortunadamente llegan en las peores condiciones, al no tener ningún tipo de atención en salud oncológica en el hermano país (Venezuela), también empezamos a recibir pacientes con problemas de barreras por las demoras en autorización de citas, en fin, tantas situaciones que me hacían prender las alarmas internas y saber que necesitaba de todo mi esfuerzo y el de mis compañeras para poder ayudar oportunamente a esta población vulnerable, de la cual yo misma hacía parte.

Febrero del 2021. Nace la  Fundación Dimensión Rosa, era algo que se debía hacer, porque se necesitaba buscar recursos, que la gente supiera y nos reconocieran, que sintieran que esto era algo serio, pues empezamos a gestionar cosas por nosotras mismas, aportes amorosos de las mismas afiliadas, comenzamos hacer  bingos, rifas y encuentros pequeños, para así darle sostenimiento a este proyecto que iniciaba con muchas expectativas, tenía que ser sostenible de alguna manera y no sólo en la parte económica, sino también en la parte humana, que en este proceso es primordial.  Vi a la paciente oncológica como un ser que necesita atención integral, por eso junto a mi equipo de trabajo decidimos crear todos los programas con los cuales le brindaríamos bienestar a nuestras afiliadas.

Dimensión rosa

Mi historia me enorgullece, ayudar integralmente a las mujeres a lo largo de estos dos años y medio, donde hemos tenido la oportunidad de atender a más de 280 pacientes, de las cuales algunas han perdido su batalla, otras la han superado y otras prefieren continuar solas; igualmente seguimos con 238 mujeres en el grupo sanando juntas, es un lindo espacio de mujeres valientes, hermosas, generosas, somos pacientes ayudando a pacientes, deseo contar siempre con la bendición de Dios y de tantos ángeles que pone en mi camino para seguir creciendo y poder contar con una casa muy grande, donde se les pueda seguir brindando mucho amor y  todos los servicios en un mismo lugar, además seguir luchando para que cada día los servicios de salud y la sociedad en general le ofrezca a estas pacientes todo lo mejor y lo necesario para que salgan victoriosas de este proceso, también que nos veamos favorecidas con un centro de investigación, que permita que cada vez más mujeres lleguen a tiempo y que quienes ya han sido diagnosticadas puedan seguir gozando de salud para tener una mejor calidad de vida.

Esta ha sido una labor que nunca en mi vida la tenía contemplada,  así como la vida trae dificultades también trae sus recompensas, por eso agradezco hoy a ella, a la vida, a Dios, a mis padres, a mi hermano, a mis hijos, familiares y amigos y en especial a esas 280 mujeres que llevo en mi corazón con mucho amor, porque con el paso de los días aprendí a cambiar las lágrimas de dolor por lágrimas de alegría, las radioterapias por ampliar el radio de amigas, creer y confiar en uno mismo y sobre todo a darle buen uso a los dones que Dios nos ha regalado, me defino como una mujer altruista y bondadosa, mi fe es inquebrantable, gracias por este reconocimiento, hoy represento las voces de cada mujer colombiana diagnosticada con cáncer de mama que requieren toda mi atención, ofrezco mi refugio,  la Fundación Dimensión Rosa  para llegar a cada mujer  que necesita de nuestro servicio a nivel regional y nacional. Somos mujeres grandiosas, Dios los bendiga.

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